
1. En primer lugar, casi nunca sale del texto narrativo, siente una gran necesidad por “los hechos”, no se atreve a enfrentarse a la lírica o al ensayo. Sus neuronas vagas no logran concatenar más de dos reflexiones filosóficas y tiene miedo al poeta. Le aburre el ensayo, le abruma la lírica y desconoce el teatro. Acaba cansado y no pasa de tres párrafos.
El mundo actual en el que nos movemos está constantemente enviando información, la sobrecarga de noticias es tal que va influyendo sobre el receptor. Éste necesita saber hechos: lo que le pasó a tal persona en tal momento, a quién mató, por qué lo hizo, con qué y cómo… El receptor indefenso no nota la droga venenosa entrando en su cerebro y poco a poco le crea una dependencia. Ya, salvo por obligación, no lee otra cosa que narrativa.
2. El mal lector no tiene oído. Cuando lee, sólo mueve los ojos de un lugar a otro del papel, posa su mirada sobre cada palabra, sobre cada letra. Sólo lee con los ojos. No es capaz de distinguir la mejor de las rimas con la peor de las prosas, no sabe lo que es una cacofonía y cuando lee en voz alta se le traba la lengua y no da la entonación correcta.
3. Además de faltarle oído, no es sensible al buen estilo. No se hizo la miel para la boca del asno. El mal lector cuya dieta sean las historias de piratas no saboreará “la Isla del Tesoro” de Stevenson. El mal lector de ciencia ficción no apreciará la diferencia de “Primeros hombres en la luna” de Wells con el resto. Encajará a Jane Austen en historias románticas, a Poe en novelas detectivescas o a Tolkien en mera fantasía.
4. Se inclina hacia las narraciones con elemento verbal mínimo. Huye de las grandes parrafadas, de las grandes descripciones, de la ausencia de diálogo, de la falta de dibujos o fotos, de las doscientas páginas que se le hacen costosas.
Ya no sólo pasa con los libros. En las películas quiere que haya menos diálogos, más acción, más música, menos paisajes, más gente, más ruido… Que los cuadros sean como fotografías. Lee con chismes en los oídos que le hace imposible conocer, comprender e imaginar lo que lee.
5. El mal lector quiere que siempre esté sucediendo algo. Le guasta el pretérito perfecto simple: robó, mató, salió, volvió, dijo, hizo…Odia el detalle, la lentitud del texto, necesita rapidez, necesita que le cuenten cosas en todo momento, que el libro le bombardee de hechos.
6. Carece de imaginación. Tanto de imaginación atenta y obediente para reconstruir en su mente ese lugar, ese sentimiento, esa persona, como de imaginación fecunda para pensar en la situación que se le dice a través de pocas palabras.
Si por ejemplo lee acerca de un jardín, y el autor describe perfectamente el mejor de los jardines, el mal lector no será capaz de imaginárselo con todo detalle, como el autor se lo describe. Esto sería una carencia de imaginación atenta y obediente.
También, si el autor escribe: “y llegó al jardín”, el mal lector, carente de imaginación fecunda, no pondrá en su mente un jardín como en el que se encuentra el personaje.
7. Carece de interés por las palabras. No paladea el léxico que el autor le propone. Toda la riqueza de vocabulario que el libro contiene pasa por el lector sin que le empape. Por más que lea siempre utilizará su diccionario con escasas mil palabras que repite a lo largo de sus conversaciones.
Además, no ve ese léxico como algo útil para degustar mejor el libro, como una petición del autor que le deja una herramienta para sacar más punta, más rendimiento al libro. Luego, pretende juzgar el libro a través de sus palabras, como intentando mirar un cristal en vez de mirar con él.
8. El mal lector selecciona los hechos, al igual que el oyente selecciona la música para tararear la melodía.
En primer lugar le gusta lo emocionante. Todo aquello que le meta adrenalina en el cuerpo y así no despegue los ojos del libro. Poco a poco se va abstrayendo del mundo y sus pies despegan del suelo, temiendo volver a pisar la tierra y regresar a su cruda realidad.
Después, posee una curiosidad extremada, necesita saberlo todo. Cuanto más le cuenten sobre tal personaje o tal otro, mejor.
Por último necesita hechos en los que él pueda meterse como actor principal, en los que pueda participar. De este modo olvidará su propia vida, su biografía, llena de fracasos, y verá en su nueva historia a un hombre mejor de lo que ahora es.
9. Con toda su mala forma de leer, nos preguntamos: ¿Para qué lee el mal lector si no lo sabe hacer? Quizás la respuesta sea para olvidar la cruda realidad, para huir de su rutinaria y vaga vida, para escaparse de su maldito jefe, para ocultarse de sus propias miserias, para negar lo desgraciado que es…
Artículo enviado por: Juan Pablo Serrano
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